jueves, 21 de mayo de 2009

DOS

Ese día (una semana más tarde de lo esperado), toda la familia festejaba la llegada del nuevo varón. Sus padres se reconocían aventureros, por lo que habían elegido la incertidumbre, condenando al pobre niño a usar, la mitad de los días, ropa rosa. Sus ojos claros eran un misterio cuya explicación solo se encontraba allá, en la parte alta del árbol genealógico. Su pelo, sin embargo, era de esperarse, así como sus mínimas facciones. Su crianza fue ordenada y pacífica. Ser hijo único lo fue proveyendo de un egoísmo que se esfumaría cuando el contacto con el resto de la sociedad ocurriera. Gateó en el momento esperado, caminó un poco tarde y habló simpáticamente quién sabe cuando. Los juguetes, la televisión, el agua, el ruido y el puré supieron hacerlo tan feliz. En su mundo, que todavía no era el de todos, no existía lugar para el amor, el hambre, la muerte, el destino o la suerte.

Meses más tarde (pero dos meses más temprano de lo esperado), asomaba ella. Sus padres se sumieron en la más profunda de las tristezas, agobiados por los fantasmas del hambre, la muerte, el destino y la mala suerte.