
Estaba él tranquilo en su casa. Y de pronto le revelaron un secreto que nunca debió haber sabido. Una niña inocente y misteriosa tocó a la puerta, y sin preámbulos le comentó que le quedaban 9 días de vida. Sin embargo, le dijo, no iba a morir.
El décimo día iba a despertar en otra casa. Iba a tener otro nombre, otra esposa. Se iba a mirar al espejo y el susto iba a ser terrible. Y lo más trágico: todo estaría en su memoria. Su perro, su pelo, su trabajo, sus manos. Iba a recordarlo todo. Su comida favorita, su color favorito, su canción favorita. Al principio lo tomó como una tontería. De cualquier forma no estaba tan contento con la vida que llevaba, y no tenía por qué creer semajante delirio infantil. Pero con el paso de las horas tuvo la certeza de que la pequeña no mentía, y se dio cuenta de que no iba a soportar el cambio. Entendió que no podía ser otra persona si todavía el viejo él estaba ahí, pidiendo a gritos que no lo entierren.
Entonces buscó a la niña, que cruel y obviamente ya había desaparecido. Y habló con la gente. Le comentó a cada persona que conocía lo que iba a sucederle. Lógico: las personas se reían, lo miraban y le decían que se dejase de pavadas, que eso era imposible. Se vio solo, al borde de un precipicio que no lo iba a matar, pero lo iba a dejar lastimado y solo, recordando lo bueno que era estar mirando para abajo desde semejante altura.
Gritó, lloró, y durante 9 días vivió encerrado en una desesperación inexplicable. El décimo día despertó en un colchón de resortes. Su mujer lo apuraba porque se había quedado dormido. El desayuno era horrible pero le encantaba. Su casa era grande y moderna, pero para nada acogedora. Y tenía dos hermosos hijos de los que no podía estar orgulloso. En el baño se vio, y sus nuevos ojos azules le recordaron a su hermosa hija y a su mediocre vida anterior. Y en secreto, sin reclamos, lloró una vida mientras vivía la otra.
